A mediados de octubre de 2018 decidí ir a Viena; en parte porque no había estado y en parte porque busqué en Skyscanner y era el destino fuera de España más barato (me salió por menos de 30€ con poco más de un mes de antelación).

Obviamente, viajar tan barato tiene sus pros y sus contras, y aunque para mí tengan más peso los pros (como ya expliqué en Viajar sin gastar mucho), el tema de los horarios sí que suele ser una desventaja importante en los vuelos tan baratos. En mi caso, llegué a Viena sobre la 1 de la madrugada y por si fuera poco, viajar sola por primera vez y desconocer la ciudad tampoco fueron ventajas en ese momento (si quieres saber algunos consejos sobre viajar a una ciudad desconocida, te recomiendo este post: Viajar a un país desconocido).

Por lo tanto, decidí hacer noche en el aeropuerto para no tener que recorrer la ciudad a esa hora y así también me ahorré una noche de hotel. En un primer momento, mi idea era buscar un rincón apartado y dormir un par de horas. Pero al situarme al lado de unos enchufes (para poder cargar el móvil y usarlo de GPS), enseguida tuve compañía. Conocí a un chico de República Checa y a una chica húngara, los dos prácticamente de mi edad que estaban en el aeropuerto por razones parecidas a las mías. Las horas se nos pasaron volando compartiendo experiencias de nuestros últimos viajes, así que en cuanto amaneció, cogí el tren hacia el centro de la ciudad.

Para ese mismo día, había reservado un “Free Tour”, de esos tan famosos que van genial para tener una primera impresión de la ciudad. El tour empezaba a las 10, en la fuente del Danubio de la Albertinaplatz, así que tuve tiempo de desayunar… dos veces!

Con el grupo turístico tuve la oportunidad de conocer un poco más sobre el edificio de la Ópera de Viena, la plaza de san Miguel (en la que se encuentra la Catedral de San Esteban) y otros imponentes edificios como el Palacio de Hofburg, la Cripta Imperial, el jardín Buggarten y el barrio judío de Viena.

Al finalizar el tour, tenía pensado ir a hacer el check-in y echarme una siesta; pero congenié bastante bien con siete personas del tour y, como era hora de comer, fuimos a comer juntos para terminar merendando en el Hotel Sacher, donde pudimos probar la famosísima tarta Sacher con un café vienés. También estuvimos paseando a nuestro aire por la ciudad y, más tarde, pudimos ver el ambiente nocturno de las orillas de los canales del Danubio.

Otro día, ya por mi cuenta, fui a visitar el Palacio Belvedere, que queda un poquito alejado del centro y eché la tarde en el Prater (y reconozco que me lo pasé genial). Además, justamente coincidió que en esos días había un festival tradicional donde los vieneses se vestían con los trajes típicos y había música tradicional. ¡Me encantó! Imagino que si apuras un poquito, se puede visitar todo el mismo día, pero yo estaba cansadísima. Y el hecho de que me decidí a moverme por la ciudad andando, me hizo decidirme a NO hacerlo el mismo día.

Dicen que Viena es una ciudad que merece la pena visitar por la arquitectura y todo eso, al menos una vez; personalmente, si tuviera que elegir, yo me quedo con la visita al Prater, la tarta Sacher y el festival tradicional.

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Categorías: Viajes

1 comentario

Anónimo · 21 noviembre, 2018 a las 13:32

Viena es precioso. La próxima vez tienes que ir a alguno de los maravillosos conciertos que se dan ahí.

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